Mercedes Bermejo, psicóloga infantil, compartió con profesoras de las escuelas infantiles las claves para comprender las emociones, fortalecer el apego y convertir el aula en un espacio seguro para el desarrollo infantil. El marco fue el networking organido por Tajamar y Los Tilos y que se ha celebrado recientemente.

¿Qué temas se abordaron en la sesión?

  • La mirada del adulto: cómo generar seguridad y fortalecer los vínculos afectivos.
  • Comprender qué hay detrás de una conducta: aprender a interpretar las necesidades y emociones que expresan los niños.
  • Poner nombre a las emociones: ayudar a los pequeños a reconocer y expresar la alegría, el enfado, la tristeza y el miedo.
  • Educar con el ejemplo: la importancia de las actitudes y comportamientos del adulto en el aprendizaje infantil.
  • Cuidar a quien cuida: el bienestar emocional de los educadores como parte de su labor.
  • Compartir para seguir creciendo: el valor del trabajo en equipo y del intercambio de experiencias entre las profesionales de las escuelas infantiles de Tajamar.

¿Qué hay detrás de una rabieta, de un mordisco o de un niño que parece no querer participar? ¿Cómo influye la mirada de una profesora en la imagen que un pequeño construye de sí mismo? ¿Es posible que un vínculo positivo en la escuela ayude a reparar carencias emocionales?

Estas fueron algunas de las cuestiones que centraron la sesión impartida por Mercedes Bermejo. Este networking se pensó como un encuentro de formación y reflexión sobre la importancia de los vínculos emocionales en los primeros años de vida y su influencia en el desarrollo personal y el aprendizaje.

La sesión partió de una idea fundamental: educar en la etapa infantil no consiste únicamente en transmitir conocimientos o enseñar hábitos; también significa construir relaciones que proporcionen seguridad, confianza y afecto.

Construir vínculos seguros es también educar: una mirada, un límite bien puesto, una palabra de consuelo o un adulto disponible pueden dejar una huella que acompañe al niño mucho más allá de sus primeros años de escuela.

La mirada del adulto: una fuente de seguridad

Durante los primeros años, los niños dependen especialmente de sus cuidadores y necesitan sentirse reconocidos, protegidos y acompañados. La familia constituye su principal referencia, pero la escuela también desempeña un papel esencial. La presencia de una profesora disponible, una sonrisa, una palabra amable o una mirada atenta pueden contribuir a que el niño perciba el aula como un lugar seguro.

Bermejo destacó que los vínculos significativos son fundamentales para el bienestar emocional. Cuando un niño encuentra adultos que le escuchan, le comprenden y le ayudan a gestionar lo que siente, dispone de una base más sólida para explorar el entorno, relacionarse con sus compañeros y afrontar nuevos aprendizajes.

En este sentido, la autoridad del adulto también resulta necesaria. No se trata de autoritarismo, sino de ofrecer referencias claras, establecer límites adecuados a la edad y mantener rutinas que ayuden a anticipar lo que va a suceder. El afecto y los límites no son opuestos: ambos contribuyen a que el niño se sienta protegido.

Comprender qué hay detrás de una conducta

Uno de los aspectos más prácticos de la sesión fue la invitación a mirar más allá de los comportamientos que pueden resultar difíciles de gestionar en el aula.

Para explicarlo, Mercedes Bermejo recurrió a la metáfora del iceberg: lo que vemos en la superficie es la conducta —un grito, un enfado, un mordisco o una negativa—, pero debajo pueden existir emociones, pensamientos o necesidades que todavía no sabemos expresar.

Un niño que está cansado, tiene hambre, siente miedo o necesita atención puede manifestarlo mediante una conducta que desconcierte al adulto. Por eso, antes de interpretar lo que ocurre como una simple desobediencia, conviene preguntarse qué puede estar necesitando ese niño y qué recursos tiene, por su edad, para expresarlo.

Esta mirada no significa justificar cualquier comportamiento. Significa intervenir con comprensión, ayudar a identificar la emoción y enseñar formas adecuadas de expresarla, manteniendo los límites necesarios para la convivencia.

Poner nombre a las emociones también se aprende

La sesión incluyó dinámicas participativas para explorar emociones como la alegría, el enfado, la tristeza y el miedo. A través de preguntas, imágenes y materiales simbólicos, las profesoras pudieron experimentar cómo se facilita la expresión emocional cuando existe un clima de confianza en el que no todo se juzga como correcto o incorrecto.

Dos competencias destacaron especialmente: la autoconciencia, que permite reconocer lo que sentimos, y la expresión emocional, que nos ayuda a comunicarlo.

Estas habilidades se pueden trabajar desde edades muy tempranas mediante recursos sencillos: preguntar al niño cómo se encuentra, ayudarle a poner nombre a lo que siente, utilizar cuentos y personajes, conversar sobre situaciones cotidianas o relacionar las emociones con experiencias sensoriales.

También es importante recordar que no hay emociones que deban ocultarse por resultar desagradables. El enfado, la tristeza o el miedo forman parte de la experiencia humana. El papel del adulto es acompañar al niño para que pueda reconocerlos, comprenderlos y aprender a gestionarlos progresivamente.

Aprendemos de lo que hacemos, no solo de lo que decimos

Otro de los mensajes centrales fue el valor del ejemplo. Los niños observan continuamente a los adultos y aprenden de su manera de hablar, resolver conflictos, expresar el enfado o tratar a los demás.

Por eso, la educación emocional no depende exclusivamente de actividades programadas. Está presente en la acogida de cada mañana, en la forma de corregir, en cómo se acompaña una frustración o en la atención que se presta a quien necesita ayuda.

La escuela infantil puede convertirse así en un espacio de relaciones reparadoras: un entorno en el que el niño experimente que merece atención, que sus emociones pueden ser escuchadas y que existen maneras respetuosas de relacionarse.

Para lograrlo, la colaboración con las familias resulta imprescindible. Familia y escuela, desde sus respectivas responsabilidades, están llamadas a trabajar en equipo para ofrecer al niño referencias coherentes y favorecer su desarrollo.

Cuidar a quien cuida

Mercedes Bermejo cerró la sesión recordando una dimensión que a veces queda en segundo plano: el autocuidado de las propias educadoras.

Acompañar emocionalmente a los niños exige atención, paciencia y disponibilidad. Sin embargo, las profesoras también experimentan cansancio y necesitan espacios de descanso y recuperación. Cuidarse no es algo ajeno a la tarea educativa, sino una condición que ayuda a sostenerla en el tiempo.

Compartir para seguir creciendo

La formación permitió detenerse, revisar conceptos y descubrir nuevas maneras de interpretar situaciones habituales del aula. También puso de manifiesto el valor de compartir experiencias y conocimiento entre profesionales que trabajan por un mismo objetivo: acompañar a cada niño en sus primeros pasos.

En Tajamar, este intercambio forma parte del compromiso con la mejora continua de la educación infantil. Porque, detrás de cada rutina, cada conversación y cada pequeño avance, hay una oportunidad para educar.