Tajamar y el Opus Dei: entrevista con el director

Ignacio San Román, Director de Tajamar

—¿Podría explicarnos en qué se manifiesta en Tajamar el hecho de que sea una obra corporativa del Opus Dei?

La influencia del espíritu del Opus Dei en una institución educativa es parecida a la influencia de ese mismo espíritu en una persona singular. Entre varias personas del Opus Dei habrá algunas pocas cosas comunes, pero no puede decirse que haya un carácter, un estilo propio de las personas del Opus Dei, sino que somos muy diferentes.

San Josemaría Escrivá solía utilizar la expresión del “denominador común” y el “numerador diversísimo”, que es una comparación procedente del mundo de las matemáticas, y sabemos bien que eso del denominador común es algo que permite que se pueda sumar, y eso es una característica interesante: ser personas que saben sumar esfuerzos, y que dentro de una gran diversidad saben tener ese espíritu de colaboración, buscar unas sinergias para conseguir unos objetivos con mayor facilidad que con criterios individualistas.

—Hablemos entonces de esos aspectos que son propios de una institución promovida por personas del Opus Dei. Por ejemplo, ¿qué aportó su fundador al mundo de la educación?

El Fundador del Opus Dei ha realizado valiosas aportaciones a la educación. Y las ha hecho sin haberse propuesto escribir ningún tratado sobre el tema, sin crear una escuela pedagógica, sin marcar un estilo pedagógico propio del Opus Dei.

No han sido aportaciones de orden técnico o metodológico, sino que se refieren al espíritu que debe informar la educación, al modo de tratar a la persona y de entenderla. De ahí que posean un valor permanente frente a los avances científicos o técnicos, y que se expresen en valores que no son propios de una época, ni de un lugar, y que por tanto también manifiestan una enorme diversidad según las personas y las instituciones educativas en las que se presenta.

—¿Y en qué se manifiesta entonces esa aportación del espíritu del Opus Dei a este colegio, o a otros colegios semejantes a este?

Si alguien medianamente perspicaz visita con detenimiento este colegio, o bien otros colegios semejantes a este, advierte enseguida los rasgos de un ambiente y una fisonomía característicos, que son como un sello que se capta en muchos detalles que, uno a uno, quizá son poco perceptibles.

Es un modo de entender la vida, una consideración atenta y fraterna de las personas, una escala de valores orientadora, una impronta eminentemente espiritual… Porque un colegio animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus puntos fuertes y sus puntos débiles, sus aciertos y sus errores, pero siempre tendrá encendida una luz, la luz de una misión divina, que da a su tarea un sentido de misión.

—Y dentro de esos rasgos característicos de estos colegios, ¿cuál considera usted el principal?

El rasgo que a mi juicio mejor define la influencia del espíritu del Opus Dei es y ha de ser la unidad de vida.

Es una expresión acuñada por San Josemaría, y que se refiere, por decirlo de una manera sencilla, a la adecuación entre lo que se piensa, se dice, se hace… y se debe ser y hacer. Es como la coherencia y la autenticidad integral en la orientación de la vida. La educación compromete la vida por entero, y por eso todo ha de estar impregnado de esa unidad de vida, que hace manifestarse el espíritu en la vida de cada momento. Es la clave del arco, lo que aúna y da juego a todo.

Hay que tener en cuenta que el espíritu que anima a cada uno, el ejemplo de la propia conducta personal, el esmero que se pone en su trabajo…, todo eso informa e influye enormemente en la educación. Por eso no debe haber una división radical entre los que enseñan y los que aprenden. Educar no debe entenderse como una cuestión unilateral, sino que es una tarea de todos, pues todos contribuyen a educar, y todos resultan beneficiados. Y muchas veces, lo sabemos bien, las grandes lecciones que recibimos nosotros, tanto los padres como los profesores, solemos aprenderlas de los chicos: de los hijos y de los alumnos.

Decía antes que un colegio animado por el espíritu del Opus Dei tendrá sus aciertos y sus errores. Siempre habrá una distancia entre lo que deberíamos ser y lo que realmente logramos llegar a ser, pero lo que debemos ser tiene que estar claro y no hay que cejar en el intento de alcanzarlo.

Y esto sucede tanto para las instituciones como para las personas. Ser del Opus Dei nos ayuda a esforzarnos por ser mejores, pero no es un seguro a todo riesgo contra el error. Una persona, por ser del Opus Dei, o por querer vivir el espíritu del Opus Dei, no pasa a ser más inteligente, ni deja de poder equivocarse, ni deja de tener errores personales. Pero sí tiene encendida dentro del alma una luz, la luz de una vocación divina, que da a su vida un sentido de misión, una gracia especial de Dios, una aspiración a la santidad.

Y algo parecido podría decirse con una institución educativa, con una obra corporativa del Opus Dei: tendrá aciertos y errores, puntos fuertes y puntos débiles, pero siempre con ese sentido de misión, con esa luz divina que aporta una conciencia de estar llamados a una misión.

—¿Qué otros rasgos característicos podría señalar?

San Josemaría subrayó también siempre su aprecio por las virtudes humanas –veracidad, sinceridad, naturalidad, confianza, lealtad, optimismo, generosidad, magnanimidad–, por el trato de amistad con los alumnos, con los padres, entre los profesores, etc. El espíritu cristiano debe traslucirse en una relación humana personal, individual, en evitar que alguien se pueda sentir sofocado en una masa, que nadie experimente la amargura de la soledad, que haya un trato de gran consideración hacia las personas.

El amor al trabajo es otro aspecto muy importante. San Josemaría siempre resaltó que hemos de ver “en el trabajo –en la noble fatiga creadora de los hombres– no sólo uno de los más altos valores humanos, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres, sino también un signo del amor de Dios a sus criaturas y del amor de los hombres entre sí y a Dios: un medio de perfección, un camino de santidad.”

Otro aspecto decisivo es la mentalidad de servicio: afán de servicio a la sociedad, de ayuda al prójimo, de fraternidad cristiana. Sabemos que vivir con espíritu de servicio lleva a la auténtica felicidad, a la verdadera alegría. Y si les enseñamos desde pequeños a descubrir las posibles necesidades de los demás, para intentar remediarlas, para adelantarse a servir, para darse a los demás, para vencer el egoísmo, entonces haremos un servicio muy importante a esas personas y a toda la sociedad. Y no pienso sólo en detalles de servicio directos, sino también en el trabajo ordinario bien hecho, y enlazo con lo que decía antes sobre el trabajo. Cualquier proyecto profesional de cualquier persona debe tener como telón de fondo una idea de servicio, de hacer rendir los propios talentos en servicio de los demás y de la sociedad. El trabajo ha de tener siempre una dedicación a los demás generosa y sacrificada, procurando hacerles grata la vida, nunca debe ser un objetivo egoísta.

Todo eso supone educar en una profunda preocupación social. Ningún drama humano nos puede resultar ajeno. Y hemos de promover muchas actividades relacionadas con la solidaridad, con las obras de misericordia, y todo ello sin olvidarnos de empezar por la propia casa. La preocupación social es muy importante, si queremos que de verdad el espíritu cristiano cale en las personas. San Josemaría escribió que “un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo”. Y además de escribirlo, y de predicarlo incansablemente, a lo largo de su vida impulsó y promovió numerosas e importantes labores sociales –bastantes de ellas relacionadas precisamente con la educación y la enseñanza– en muchos países del mundo. Sobre este tema, como en todos, hay que hablar y hacer, predicar y dar trigo.

El sentido positivo podría señalarse como otro elemento fundamental. El Fundador del Opus Dei decía que debemos poner “el signo más”, un sentido positivo a todo lo que hacemos. Y para dar sentido positivo a la tarea de educar hay que empezar por ver a la gente con buenos ojos. Valorarlos. Creer en ellos. Esto tiene unos efectos sorprendentemente positivos. Todos hemos pasado alguna vez por pequeñas crisis, por momentos en los que nos faltaba un poco de fe en nosotros mismos, y quizá entonces encontramos a alguien que creyó en nosotros, que apostó por nosotros, y eso nos hizo crecernos y superar aquella situación.

El espíritu de libertad ha de ser también otro rasgo característico en una actividad educativa alentada por el espíritu del Opus Dei. Se trata de que la gente se forme en libertad. Hay que empezar por decir que esto es enormemente difícil, porque educar en libertad no es simplemente dar libertad, que eso lo hace cualquiera, sino enseñar en libertad a utilizar bien la libertad.

De todas formas, las labores apostólicas del Opus Dei surgen en cada lugar y en cada época con rasgos propios, y manifiestan una notable diversidad. Se puede comprobar visitando la web de algunas labores apostólicas del Opus Dei.

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